Todos los días son Sergio Ramos

“Todos los días son Sergio Ramos” por Manuel Jabois

Ramos

La final del Mundial de clubes empezó con unas declaraciones incendiarias de Butragueño a pie de campo, siempre explosivo, y terminó con una entrada de beata de Ramos al área a rematar de cabeza pidiendo perdón, con ese aire tímido de chaval con carpeta, para depositar la pelota en semivaselina. Como a San José, que por estas fechas tuvo un hijo porque a su mujer le sopló Isco, al Madrid le sale todo sin esfuerzo, hasta los partidos en los que se vacía en cada carrera. San Lorenzo empezó poniendo la cancha del revés, emputeciendo el juego, dándole martillazos al césped como si se asomasen bichos.

Al espectáculo asistió especialmente indignado Toni Kroos, que viene de una cultura en la que hasta el horror hay que envolverlo en pretensiones operísticas. Los aspavientos de Kroos, los de Cristiano, los de Sergio Ramos, que salió a jugar encima de un caballo, hicieron pensar lo peor. Pero San Lorenzo, dominado el campo psicológico con tres patadas de ferias, no tiene fútbol para ser tan violento. La violencia necesita también una teoría, un modelo de Estado. San Lorenzo no quiso el balón, tampoco quiso estar sin él, y la impresión que daba al rodear al árbitro era de estar tratando de convencerlo para que ganase quien tuviese más pistolas.

A veces un equipo de estrellas como el Madrid sale al campo, un campo lleno de marroquís madridistas, y se le empiezan a escapar los controles y los pases como si les hubiesen saboteado las botas. Sucedió en los primeros minutos y el Madrid no pudo moverse sin espacios. Cuando el territorio se achica uno tiene que dar lo mejor de sí mismo, como cuando te quedas encerrado en el ascensor con Briggite Bardot, especialmente ahora, y vienes de pescar.

El Madrid se enjauló solo, bastante modestamente, y se dedicó a esperar los balones depositados a los pies de Toni Kroos como si fuesen cabezas de locos. Esos eran los momentos en que el estadio se iluminaba con miles de lucecitas de cámaras y los niños soplaban flores secas de dientes de león, porque hay algo en las faltas y corners de Kroos que evoca una canción lenta, famosa, marchita, para divorciarse con más gusto, que es lo que hizo el Madrid con San Lorenzo.

Kroos fue un bombón que se le puso al Madrid a tiro y que se fichó un poco a ciegas porque sería tonto no hacerlo. En el club nadie sabía dónde se le iba a poner a jugar y hoy nadie sabe de qué juega, porque es uno de esos jugadores que no ocupan espacios sino que hace ocuparlos a los demás. Es un jugador líquido, un medio de comunicación. Se trata de una unidad métrica, la más reconocible del mundo.

Su relación con Ramos, que empezó mal en Múnich, amenaza con felicidad, que es un sentimiento peligroso en Ramos porque cuanto más se relaja más piensa, y Ramos es un jugador que trasciende ámbitos tan pesados y digestivos como la razón. Inauguró el partido con una amarilla de vacile y acabó rompiendo las puertas de la portería como el minotauro brincando de un lado a otro. Salta sobre el área como si fuese un abordaje, con la misma inconsciencia de Benito Soto, al que ahorcaron mal y tuvieron que hacerle un hoyo debajo de los pies para que muriese. Con semejante cuello, que durante años escondió con la melena como si fuese la flor de su secreto, a Ramos habría que hacerle ahora debajo un agujero negro. En el aire parece que en lugar de un balón ataca un planeta.

Hecho el partido (si San Lorenzo no sabía de qué iba el empate, con un gol en contra aquello ya le parecía Marte) el Madrid recuperó toque pero no orden, con las puntas muy arriba y separadas, en plan brilé. Por momentos se descolgaba Isco y James más para ver qué pasaba que para crear juego, algo perfectamente prescindible en una final así y con un rival aturdido, y en una de las visitas el malagueño, que comparte ángel con Bale, le introdujo al galés una asistencia íntima, casi un pase privado de gol, que no vio nadie de la defensa porque cuando se quiso dar cuenta San Lorenzo ya estaba Bale como el pequeño Nico dándole la mano al príncipe de Marruecos. Él y todos, otra vez, en el descuento de Lisboa que no se acaba nunca.

Publicado el 20 de diciembre por Manuel Jabois

@ManuelJabois

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